Originalmente publicado por DARKYO
Si hay un ayer y un pasado DEBE haber necesariamente un mañana o no?
Eso depende mucho según el punto de vista de la filosofía de la historia de la cual seas parte. Por ejemplo la escatología cristiana considera que existe un mañana, pero que este mañana tiene un punto final (el omega), que sería el fin de todos los tiempos. A su vez, las filosofías orientales ven en una concepción del tiempo circular una forma de razonamiento que da, de cierto modo, sustento a sus formas de pensar y actuar.
Ahora bien, el pensar en un mañana implica muchas consideraciones. En primer lugar, como ya lo dije, estar en una cultura que piense de forma lineal, de un antes y después, en la vida y en la muerte, en la ganancia y en la pérdida. Claramente estamos inmersos en este tipo de cultura. Estamos inmersos en una forma particular de narración de la historia.
Lo sentido, lo pensado, lo esquematizado, lo sistematizado, lo estudiado; funcionan en base al tiempo de cada persona. Tiempo en tanto “lo vivido”, en la necesidad de comprender cabalmente lo que se hace, lo que se dice, lo que se piensa, y no en la repetición, cual loro, de lo que se pregona desde arriba; aquél discurso que puede convenir adoptar en un principio, pero que a la larga se hace incongruente e inconsecuente dentro del propio sujeto histórico que piensa históricamente. El tiempo, además, se transforma en un azaroso compañero, del cual tenemos que aprender forzosamente, que tenemos que conocer sin comprender, viajando del pasado al presente, del presente al futuro, del futuro al pasado, sin entender cuáles son sus movimientos exactos.
La narración de la historia proyecta en su verbalización, en la perpetuación de ésta, en un texto, un ‘ahora’, un punto en el presente –cual observatorio–, para observar los hechos ya acontecidos. En la poesía, o en la narración poética, se nos transmite un antes cargado de acontecimientos valorizados, pero también se genera una propuesta de acción, es un acto de ‘aleonamiento’ para actuar . Además tiene una filosofía de la historia implícita; la búsqueda de un fin determinado. Incluye incluso una metodología de acción, define conceptos con los que se actuará en el futuro. El conocimiento histórico, al contrario de lo anterior, implica la necesidad que desde el ‘ahora’ se vea el ayer, para buscar un mañana, intentando objetivizar los hechos, las vivencias de los otros. Ese mañana, es una búsqueda y una propuesta, pero una propuesta subterránea, de observación y análisis, basada en el sujeto que la enuncia (o del cuerpo de sujetos), y no en la ‘historia’ en sí .
La historia se niega a sí misma. Niega los hechos que la hacen nacer, que la hacen ser merecedora de tantas atenciones. Niega su propia historia. Con su negación, pone, tanto en manos de quien la actúa -en tanto persona-, como a quien la lee, la generación de un discurso histórico. El discurso histórico, es decir, el análisis personal subjetivado del pasado, genera un proyecto histórico. Un proyecto histórico tiene implicancias de futuro, ve al futuro como el objetivo de sus actos. Pero el futuro mismo se está construyendo en base al pasado, pasado que queremos explicar en el presente y generar así un futuro, coherente con el proyecto, sea de fácil acceso y que no implique grandes modificaciones al presente, o transgresor del pasado y sus tradiciones.
Por ejemplo, frente a toda su producción historiográfica, un historiador ya hecho, tiene preconcepciones ideológicas formadas a través de los años para enfrentarse a los documentos; en su cuerpo tiene una vida. En ella se puede ver un intento de coherencia en su trabajo, un intento de darle un inicio y un fin, transformándolo en un ‘círculo’ que se completa: la serpiente se muerde la cola [ourubouros]. El viejo redime al joven. Le da un sentido. Lo que por mucho tiempo se buscó a oscuras, intentando ser coherente, pero sin un horizonte claro, recibe en la senectud una transformación en un todo coherente, en un proyecto.
El joven historiador, al contrario, tiene toda una vida por ‘delante’ . No tiene certezas absolutas, ni debería tenerlas en la falta de experiencias. Vive la vida en función del aprendizaje de ella, de sus hechos, de sus ‘no hechos’, de su materialidad, de su inmaterialidad. En el transcurso de la vida se van buscando explicaciones a ésta y a sus hechos, una explicación lógica que calce con lo ‘vivido’, con lo que se vive en el ahora. Cuando se es joven, es más probable encontrar el qué pasó cuando se mira al pasado (en el trabajo historiográfico), sin las preconcepciones ideológicas que tendría un viejo historiador. Tal como en su vida, debe encontrar una explicación a lo que pasa y lo que pasó, debe buscar las explicaciones, generando recién las respuestas al pasado, al presente, al futuro (de la vida) .
Ahora me pregunto ¿Puedo generar un proyecto si no he vivido? ¿O acaso el proyecto se genera cuando uno lo apresa, cuando lo ha vivido, lo ha ejecutado y ahí, recién en ese momento, puedo verbalizar, puedo analizar el todo y decir: “esto fue, esto es, y esto tiene que ser”? Inquietante. En mi situación, ante tanta incertidumbre, el tiempo se hace un ente extraño. No es fácil su comprensión. Para pensar el futuro, tengo que vivir ese futuro, desde donde puedo analizar MI (¿o ÉL?) pasado, y darle así una coherencia a esa línea temporal. ¿Es darle futuro al pasado, el cual se cristaliza, se perpetúa en el presente? ¿Acaso no podemos pensar el futuro?...