"La maternidad se ha vuelto el aspecto más glorificado de la condición femenina. Es también, en Occidente, el dominio en el que el poder de la mujer se ha intensificado más. Lo que era cierto en el caso de las niñas desde hace tiempo, el dominio total de la madre, lo es hoy también en el caso de los niños. La mamá sabe lo que es bueno para su hijo, nos lo repiten de todas las maneras posibles, en ella reside intrínsecamente ese asombroso poder. Réplica doméstica de lo que se organiza colectivamente: el Estado siempre vigilante sabe mejor que nosotros lo que debemos comer, beber, fumar, ingerir, lo que podemos ver, leer, comprender, cómo debemos desplazarnos, gastar nuestro dinero, distraernos. Cuando el gobierno reclama la presencia de la policía en el colegio o pide presencia del ejército en los barrios periféricos, no introducen una figura viril de la ley en el dominio de la infancia, se trata más bien de la prolongación del poder absoluto de la madre. Sólo ella sabe castigar, encuadrar y mantener a los niños en estado de crianza prolongada. Un estado que se proyecta como madre todopoderosa es un Estado fascista. El ciudadano de la dictadura vuelve a la condición de bebé: con los pañales bien limpios, bien alimentado y mantenido en su cuna por una fuerza omnipresente que todo lo sabe, que tiene todos los derechos sobre él, y todo ello por su propio bien. Se libera al individuo de su autonomía, de su facultad de engañar, de ponerse en peligro. Nuestra sociedad tiende hacia ahí, posiblemente porque ya hemos dejado atrás nuestro tiempo de gloria, regresamos hacia estados de organización colectiva que infantilizan al individuo. Según la tradición, los valores viriles son los valores de la experimentación, del riesgo, de la ruptura con el hogar. Los hombres se equivocan si se sienten alegres o protegidos al ver que desde todos los ámbitos se menosprecia, se entorpece y se designa como funesta la virilidad de las mujeres. Lo que se cuestiona es tanto nuestra autonomía como la suya. En una sociedad de vigilancia liberal, el hombre es un simple consumidor como cualquier otro, y no es deseable que tenga más poder que una mujer.
El cuerpo colectivo funciona como un cuerpo individual: si el sistema es neurótico engendra inmediatamente estructuras autodestructoras. Cuando el inconsciente colectivo, a través de los instrumentos de poder de los medios de comunicación o de la industria cultural, sobrevalora la maternidad, no lo hace ni por amor de la feminidad ni por bondad global. La madre investida de todas las virtudes es el cuerpo colectivo que se prepara para la regresión fascista. El poder que otorga un Estado enfermo es forzosamente un poder sospechoso."
Me parece una implacable reflexión, muy lúcida. Virginia Despentes además filmó la película porno Fóllame. ¿Qué opinan?