QUERIDA MíA:
Perdóname, pero mi cobardía es más fuerte que yo. Por eso te escribo cobardemente: porque no me atrevo a hacerte esta confesión cara a cara.
Hoy mismo, cuando estuvimos juntos como todas las tardes, quise armarme de valor para decírtelo. Pero no pude reunir el valor suficiente para la armadura, y por eso callé una vez más. Y por eso también te comunico por escrito lo que nunca osaré confesarte de palabra.
Te pido perdón de antemano por el daño que te voy a hacer y el dolor que vas a sentir. Creo, sin embargo, que será mejor para los dos aclarar esta situación que cada día se va haciendo más insoportable, y que nos hace a ambos profundamente desgraciados.
El golpe va a ser duro, muy duro, pero trata de recibirlo con la máxima entereza. Prepara, pues, la entereza, que aquí está el golpe:
Cuando leas esta carta, estaré muy lejos de ti. Te abandono, eso es. ¿Para qué vamos a andarnos con rodeos? La sinceridad duele y escuece como una quemadura, pero precisamente porque quema, cauteriza las heridas que produce cicatrizándolas con más rapidez.
Me separo de ti, amada mía, después de haber estado una vez más contigo, pegado a tu piel que tanto amé. Soy un ingrato, lo reconozco, pues tú sigues queriéndome y confiando en que permaneceré siempre a tu lado. Depositaste en mí una confianza total, no limitada por el tiempo, sin sospechar que yo podría defraudarte. Y te defraudo ahora, dándote una prueba de ingratitud vergonzosa.
Porque me consta que confiabas en mí ciegamente. No ibas a ninguna parte sin contar conmigo. Mi presencia era indispensable para ti desde que te despertabas por la mañana.
Juntos teníamos que salir a la calle, juntos teníamos que comer, juntos teníamos que ir al cine, al teatro, a las fiestas... Juntos, en fin, teníamos que acostarnos.
Te juro que también yo fui muy feliz durante todas esas horas que hemos pasado tan unidos como las parejas más célebres de la Historia: como Romeo y Julieta, como Abelardo y Eloísa, como Pablo y Virginia, como Tristán e Isolda...
Pero el tiempo, el maldito e inexorable tiempo, destruye poco a poco todo lo hermoso que hay en la vida: el ardor de los amores, la intensidad de los colores, la fragancia de las flores... Al tiempo, por lo tanto, debes culparle de que yo no pueda permanecer ni una sola hora más junto a ti.
Suplicándote otra vez que perdones la ruptura de nuestras relaciones, te abandona: