Un día que hacía mucho frío, estaba un tipo en una plaza —sentado en una banca, leyendo La Cuarta—, cuando en eso pasa un compadre con un carrito:
—¡A las ricas sopaipillas pasadas...!
—¡Aquí! —gritó entusiasmado el tipo— ¿A cuánto las vende, compadre?
—Tres en quinientos, amigo.
—Chucha, tengo tres cincuenta nomás. ¿Me podís vender dos?, que estoy cagao de hambre.
—Si me da la Bomba 4 le regalo una más.
—¡Sale y vale! Me las day con harto almíbar, porfa.
Entonces el vendedor le da las tres sopaipillas en un platito desechable y, asombrado, ve cómo el cliente se zampa la primera de un solo tarascón.
Parece perro este hueón, pensó, y ahí se quedó viendo al tipo, que inmediatamente empezó a hacer pucheros y a retorcer el cogote, igual que el Quico cuando Don Ramón le aplicaba pellizco.
—¡Oye, conchetumare, cómo se te ocurre andar vendiendo estas hueás de sopaipillas! ¡El almíbar tiene puro gusto a mierda! ¿Que las hiciste con caca, hueón?
—Pero, caballero, es que usted no escuchó bien. Mire, le cuento: la verdad es que yo no me dedico a esto de vender sopaipillas; en realidad trabajo de nochero en un garito, pero como la situación está tan mala, debido principalmente al alza de los combustibles, y aprovechando que desde ayer ando con diarrea...
—¡Ah, nooo! ¡Ya, cállate, hueón, no quiero saber más! ¡Y mejor lárgate de aquí antes de que te arremangue la jeta a puros cachos en locico!
—Bueno pero no se enoje. Ya me voy.
Entonces el vendedor se aleja por donde mismo llegó y, al más puro estilo de las grandes empresas, volvió a ofrecer sus sopaipillas a quien quisiera comprarlas. Esta vez, eso sí, se aseguró de que no lo interrumpieran: